Caroline " Capítulo I "


                
-Relato-
         Si tuviera que definir a mi madre, las palabras exactas serían María Teresa de Calcuta. Algo muy malo tuvo que haber hecho en su vida anterior que estaba pagando en esta, y con creces. Me vienen imágenes a la cabeza, y en cada una de ellas está sufriendo o llorando, en muy pocas está sonriendo; creo que la risa es un concepto que no conoce. Y es que no era para menos, todo en nuestras vidas se rodeaba de desdicha, nada iba bien, y como consecuencia, nos odiábamos mutuamente. Era una cadena, mi madre odiaba a mi padre por estar siempre fuera de casa trabajando -que a mi parecer no lo hacía, o sí-, y luego se lo gastaba todo en el bar y, ¿cómo no?, con Adele, su otra mujer. Ella siempre supo que mi padre tenía otros vicios, pero se puso una venda en los ojos, era más fácil que ver la realidad y asumir que lo había hecho mal, y admitir que sus padres siempre habían tenido la razón cuando le decían que ese hombre no era bueno ni de fiar. Con tal de no dar su brazo a torcer, prefería pasar por un infierno y arrastrarnos con ella.
       Yo los odiaba a todos; a mi padre por hacérnoslo pasar tan mal y no habernos querido nunca; a mi madre por no tener un par de huevos y dejar a mi padre; y a mi hermana... Bueno... no tenía ninguna razón coherente para odiarla, pero lo hacía. Todo ese odio lo enfocaba hacia ella. ¿La razón?, no lo sé. Supongo que era la más débil, la mayor de las cuatro, pero la más débil.

Viernes, día de la compra de la semana. Mis padres entraron en el supermercado y nos dejaron en el coche. Cada una de nosotras miraba a un lado de la calle por la ventanilla sin cruzar palabra, nunca lo hacíamos. Creo que el sentimiento era mutuo, nos odiábamos en silencio. Sentí un fuerte puntapié en la espinilla. Me volví hacia Helena, así se llamaba, Helena. Con una mirada se lo dije todo y seguí mirando la calle conteniendo la rabia. Si lo vuelve ha hacer, juro que la mato. pensaba.
—¡Caaaaaarolineeee!,¡Beeeee!
Y empezó a balar mi nombre. Era algo que no soportaba.
—¡Beeeeee!,¡Caaaaaarolineeee!
—Te la estás ganando —y empecé a cerrar la mano.
—¡Beeeeee!
        No le dí tiempo a berrear más. Mi puño fue a parar a su cara, y esta, con un efecto dominó, se aplastó contra el cristal. Mi otra mano la aprisionaba por el cuello. Era como si tuviera vida propia y estuviera conectada a esa vocecilla que repetía una y otra vez la misma palabra, mátala.
        Su cara iba cambiando de color. Su tono rosáceo cambió a purpúreo. Intentaba soltarse pero no podía, y yo, apretaba cada vez más. Rosy y Anne, como siempre, guardaban las distancias en la parte delantera del coche.
—¿Ahora qué?
En ese momento noté cómo se abría la puerta tras de mí, y me agarraban por el pelo hacia atrás.
—¡Suéltala, Caroline!, ¿estás loca?
—Ha empezado ella. Se lo merece ¡por imbécil!
          En ese momento fue la mano de mi madre la que alcanzó mi cara, y justo en ese instante de descuido, mi mano la dejó escapar. Creo que de no haber sido así, mi hermana no seguiría entre nosotros.

         Esa noche, al llegar a casa, aún me lleve un par de guantazos más. Mi odio creció, no sólo hacia Helena, hacia mi madre también. Había algo que no entendía. ¿Por qué siempre era yo la mala de la película cuando era ella la que empezaba todo? Yo era consciente de que mis reacciones no eran del todo normales, pero... ¿tenía que soportar los berridos de mi hermana burlándose de mí? No iba a dejar que eso ocurriera bajo ningún concepto. Estaba dispuesta a asumir las consecuencias.

           Unas horas más tarde nos fuimos cada uno a su cuarto. Tan sólo me tomó unos segundos el quedarme dormida como un tronco. Cierras los ojos, te duermes, los vuelves a abrir y ya es de día, pero aparentemente no fue así. Cuando entré en el salón a la mañana siguiente, vi a mi madre llorando. Mi primera reacción fue pensar que había discutido con mi padre como de costumbre, pero no, por su forma de mirarme sabía que era yo la que había hecho algo mal. Pero... ¿qué? No sé si sabéis algo de los sonámbulos, o alguno de vosotros lo es. Si es así, sabréis adonde quiero llegar.

         Esa noche, cuando mis párpados cayeron rendidos, otra parte de mí comenzó la acción. Esa parte de los humanos que a veces puede llegar a ser tan irracional comenzó a revivir todo lo acontecido aquella tarde en el coche de mis padres. En esos momentos eres una marioneta manejada por instintos inconscientes que tiran de ti a su antojo. Si por él pasan ideas como ir a la cocina, abrir el cajón de los cubiertos, coger un tenedor, y clavarlo en la cabeza de tu hermana, simplemente, lo haces.
        Mi madre estaba en el comedor de casa, como de costumbre, leyendo alguna novela que la hiciera evadirse de su triste realidad. Como tantas otras noches, la puerta de mi cuarto se abrió y salí a deambular por la casa. No le dio mayor importancia, puesto que lo hacía con regularidad. Daba unas cuantas vueltas, hablaba un poco y volvía a la cama, por lo que me ignoró y continuó con su lectura. Tras un buen rato sin reaparecer por el salón, mi madre empezó a preocuparse. Nunca tardaba tanto, y llevaba varios minutos oyendo ruidos que provenían de la cocina.
—¿Lola?, ¿qué haces?
        Pero no obtuvo respuesta, y el silencio se alargó. Continuó expectante hasta que oyó un portazo acompañado del grito despavorido de Helena, tras el cual, apareció entre la oscuridad del pasillo con un tenedor clavado en la frente. Mi madre no daba crédito a lo que estaba ante sus ojos. Asió a mi hermana del brazo e intentó tranquilizarla, y a mí, como se debe hacer con los sonámbulos, me dejó que siguiera deambulando por el pasillo con otro tenedor en la mano, como si de una posesa se tratara. Según me contó, seguí así un buen rato, recorriendo la casa. Luego hice una parada en el sillón junto a ellos, me senté, los miré y me quedé con la mirada en quién sabe dónde, para después levantarme y dirigirme hacia mi habitación, de donde no volví a salir más, para suerte de todos, hasta la mañana siguiente.

        Siempre pensé que en esa casa había algo que me empujaba a hacer ese tipo de cosas. Que un día acabaría matando a alguien, no yo, el alma que bagaba por la casa todas las noches y  abría la puerta de mi cuarto. El alma que me susurró al oído. El alma que predijo el destino de María.

B. V.



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