¿UN ACTO DE AMOR...?

                                                                  Oswaldo Guayasamin

Ahí os lo dejo, porque desde que una amiga me contó esta historia no he podido parar de pensar en ella. De darle vueltas. De reflexionar sobre el tema. De si he acabado juzgando lo que aquel hombre hizo… La verdad, no lo sé. Y no sabía muy bien cómo abordar la historia. Porque nadie jamás sabrá, cómo fueron esas últimas horas. Lo puedes imaginar, intentar ponerte en su piel, más jamás, nos podremos acercar a la realidad.

Me llamo Francisco, y he decidido, tras un largo meditar de más de quince años, que ha llegado el momento de acabar con mi sufrimiento. Y aunque mi nombre no sea relevante para lo que os voy a contar, he decidido deciros cómo me llamo, ya que dentro de unas horas, mi nombre, junto a mi persona, habrán pasado a la historia. 07:00 a.m: Abro el ojo. 07:20 a.m: Sí, he holgazaneado y me he quedado en la cama veinte minutos dando vueltas. Me he dado el gustazo. Me levanto y voy al baño. 07:45 a.m: Cojo el paquete de cigarrillos que tengo escondido y me fumo uno en la ventana que da al patio de luces, y esta vez, he hecho algo que nunca hago, sacar la cabeza y mirar el cielo. 08:00 a.m: Regreso a la habitación donde mi mujer continúa durmiendo. La observo unos minutos y me acerco a darle un beso. Uno en la frente. Otro en cada ojo. Uno más en la punta de la nariz, y dos más, para acabar, en cada mejilla. 08:20 a.m: Entro en la habitación de mi hijo. Ya han pasado quince años desde que lo adoptamos. Me da que pensar lo rápido que pasa el tiempo. Me  acerco y me siento. Lo abrazo y le beso. Él, como de costumbre, sólo me ha mirado. Ya no lloro… Bueno, miento, sí lo hago. 08:40 a.m: Bajo a la cocina y cojo las pastillas que me han dado. Preparo tres cafés. A todos nos gusta el café. Me asomo a la ventana del salón y observo de nuevo el cielo, también el tráfico y los coches. A Enrique el frutero abriendo su puesto.  A María paseando al perro. Y entonces pienso: ¿Se imaginan ellos lo que voy a hacer? ¿Si lo supieran, harían algo por impedirlo? O... Pensarían que es lo mejor… con mi situación… pues... que no les extraña... Quince años… Quince años… 09:11 a.m: Entro a la habitación de mi hijo, me despido y le doy café. 09:15 a.m: Entro a mi habitación, beso a mi mujer y le doy el suyo. Me siento a su lado. Ella me sonríe. Yo, le sonrío de vuelta. Me tomo el mío y la abrazo. Quizás la gente se pregunte algún día por qué lo hice. Qué me llevó a tal desesperación, y yo les contesto que cada uno tiene sus límites, y el mío, es precisamente este: un cáncer terminal, un hijo parapléjico y una mujer con depresión. Llamarme cobarde o asesino, eso ya me da igual. Sólo espero que al menos respetéis mi decisión. Sólo espero que entendáis que la vida para mí no tiene sentido, o al menos, no se lo encuentro. Quizás, si hubiera tenido apoyo. Quizás, si hubiera recibido ayuda… Quizás… Ahora ya nunca lo sabré. Ahora ya, no importa.

¿Cobarde? ¿Valiente? ¿Asesino? ¿Un acto de amor? Porque no se puede juzgar el sufrimiento. No se puede opinar cuando el que está sufriendo es otro. Hay que pararse a pensar si se puede ayudar en una situación así. Porque se pueden dar palabras de aliento, pero luego cada cual se va a su casa, y sólo uno sabe lo que en ella aguarda. 

Bv

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